En los últimos años, el ajetreo de nuestras tareas cotidianas, las dificultades laborales, el tráfico, la saturación de información, etcétera, han desencadenado uno de los estados más recurrentes en nuestra población: la ansiedad.

La ansiedad es necesaria en nuestra vida, pero también se ha vuelto un huésped incómodo en nuestra mente. Es la señal que manda nuestro cerebro para anticiparnos al peligro y que se manifiesta ante situaciones estresantes como hablar en público, contestar un examen o cuando vemos que nuestro taxi toma una ruta desconocida.

Imaginemos ahora que esa taquicardia, esa sudoración en las manos, la boca seca, la necesidad de movernos, la sensación de amenaza, la hipervigilancia, la dificultad de concentrarnos, la irritabilidad, la sensación de que no podremos con lo que venga, nos invaden todo el tiempo, no solo en los momentos en los que efectivamente algo sucede.

Estos y algunos otros síntomas son los que nos permiten identificar que estamos viviendo un episodio de ansiedad. Los síntomas afectan no solo la parte física, también la psicológica, nuestra conducta e incluso nuestra vida social, ya que nos imposibilitan para disfrutar las pequeñas cosas de nuestro día a día.

Vivir con ansiedad puede volverse “natural”, sin embargo, el desgaste interno que genera es tan profundo, que incluso puede detonar otros trastornos o profundizar en estados emocionales como la depresión, la agresividad, entre otros. Como todas esas situaciones psicológicas y emocionales, la ansiedad no se “cura” con “buena voluntad” ni se disipa saliendo a bailar un jueves, conociendo gente nueva o cambiando de trabajo.

Para que las acciones que tomemos nos permitan vivir sin ansiedad, es importante considerar los siguientes aspectos:

  1. Acudir con un especialista para identificar las situaciones que nos generan ansiedad.
  2. Aprender técnicas de respiración que fomenten la relajación para sentirnos mejor.
  3. En algunos casos y bajo la indicación de un psiquiatra, mitigar con medicamentos la condición de ansiedad.
  4. Regular nuestros hábitos de sueño y alimenticios.
  5. Hacer ejercicio físico.

Reconocer la ansiedad nos abre la posibilidad de aprender a manejarla y estar preparados para situaciones riesgosas sin afectar nuestra realidad. Somos nosotros mismos los que permanecemos en las peores dificultades. Aprender a escucharnos, a sentirnos y a tomar acciones para estar bien nos permite transitar nuestros días libres y felices disfrutando de este momento llamado vida.

Ana Vianey Cuevas Gómez es orientadora educativa en UVM Campus Lago de Guadalupe, licenciada en Psicología y maestra en Tanatología.

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